miércoles, 15 de julio de 2020

A 95 años de los hechos ocurridos en la Reducción de indios de Napalpí, en el territorio del Chaco

Una fecha que probablemente nos suena a nada, porque en realidad son pocas las voces que la mencionan y que, acaso, sea tan difícil de mencionar. Y no es de extrañar, la ausencia de palabras para describir el horror es algo que muchas veces sólo la poesía puede subsanar.

    El 19 de julio se cumplieron 95 años de los hechos ocurridos en la Reducción de indios de Napalpí, fundada el 2 de noviembre de 1911 en el territorio del Chaco.

    Una fecha que probablemente nos suena a nada, porque en realidad son pocas las voces que la mencionan y que, acaso, sea tan difícil de mencionar. Y no es de extrañar, la ausencia de palabras para describir el horror es algo que muchas veces sólo la poesía puede subsanar.

    ¿Qué es la memoria sino un proceso de selección, nunca neutral, que busca reapropiarse críticamente de los acontecimientos, repensándolos?

    Nicolás Iñigo Carrera afirma: 

    “Los aborígenes de la zona chaqueña vivían sin la necesidad de pertenecer al mercado capitalista. La violencia ejercida hacia ellos, por la vía política con la represión y por la vía económica, tuvo como objetivo eliminar sus formas de producción y convertirlos en sujetos sometidos al mercado. […] Se comenzó a privar a los indígenas de sus condiciones materiales de existencia. Se inició así un proceso que los convertía en obreros obligados a vender su fuerza de trabajo para poder subsistir, premisa necesaria para la existencia de capital”. 

    El 19 de julio de 1924, en la Reducción de Napalpí, Chaco, tendría lugar una de las masacres de mayor magnitud sucedidas en el territorio argentino a lo largo del siglo XX y ejecutada por el mismo Estado sobre los pueblos Qom y Mocoví.

    Quizás, la distancia histórica no nos deje tomar dimensión de lo que realmente sucedió pero, gracias un incesante trabajo de rescate que llevan adelante hace 20 años Juan Chico y la Fundación Napalpí, nos llegan las voces de algunos de sus sobrevivientes; voces quebradas por el recuerdo del horror, de lo innombrable, que sirven de puente para que esa distancia se acerque un poco más. Voces que el Estado argentino intentó silenciar esa funesta mañana cuando un cuerpo de ciento treinta policías del Territorio Nacional y estancieros de la zona fusilaron a aproximadamente entre quinientas y setecientas personas sin distinción de género ni edad. Niños, ancianos, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, puestas bajo la mira del fusil solamente por ser indios. Un pueblo entero masacrado en nombre del orden y a cuyos sobrevivientes se aniquiló a filo de machete y hacha, para dejarlos tirados a campo abierto y luego depositarlos en una fosa común.

    La excusa fue una huelga que se llevaba adelante en la reducción reclamando por las condiciones de esclavitud a la que se encontraban sometidos. Los insurrectos se retiraron de la reducción para reunirse en asamblea monte adentro donde tuvo lugar, posteriormente, el ataque de los efectivos. Pero ¿fue la masacre de Napalpí un hecho improvisado ante la inestabilidad social? ¿Cómo es que, en plena instancia de negociación, el Estado, representado por el entonces Presidente Marcelo T. de Alvear y Fernando Centeno, Gobernador del Territorio Nacional del Chaco, envíe más de un centenar de policías del Territorio Nacional a descargar una hora de fuego con municiones pesadas sobre un conjunto de tolderías donde se encontraban familias indefensas? ¿Cómo es posible que casi un siglo después todo esto permanezca en el olvido?

    Los diarios de la época hablaban de malones, de ataques y sublevación tiempo antes de que tengan lugar los acontecimientos del 19 de julio. En cierta medida, podríamos interpretar que fueron preparando el terreno de la opinión pública para lo que se avecinaba.

    Luego de la masacre, la manipulación de la información y la persecución, por un lapso de 3 meses, de los sobrevivientes son indicios más que suficientes para pensar que se trató de algo puramente premeditado. El 21 de julio de 1924, La Voz del Chaco titulaba entre sus páginas: “La tranquilidad ha renacido en la zona del levantamiento indígena”, acusando que las muertes sucedidas en la reducción fueron productos de un sangriento enfrentamiento entre Qom y mocovíes. En los días posteriores se siguió hablando del “problema indio” y de que el oportuno accionar policial reestableció la estabilidad en un territorio convulsionado por la barbarie. Casi doscientos policías armados contra setecientos aborígenes “insurrectos”. Casi setecientas personas muertas de un bando, cero bajas y heridos del otro.

    Juan Chico, Presidente de la Fundación Napalpí, expresa que la masacre de Napalpí es la punta del iceberg del genocidio aborigen en el Chaco. Un accionar que parece no tener tregua y se sigue reflejando en la vulneración de los derechos de estos pueblos cada vez más empujados a la marginalidad y al desarraigo, aun estando contemplados sus derechos en la Constitución.

    Pilar Calveiro expresa que son múltiples las formas de “hacer memoria” y que el modo de llevar adelante este “hacer” depende más que nada de sus usos políticos. La autora en Memorias virósicas (México, 2000) cita a Walter Benjamín cuando dice:

    “Es el presente, o más bien, son los peligros del presente, de nuestras sociedades actuales, los que convocan la memoria.” [Lo que nos lleva a pensar que ella no parte de los acontecimientos pasados, sino que] “arranca de esta realidad nuestra y se lanza al pasado para traerlo como iluminación fugaz, como relámpago, al instante de peligros actuales”.

    La memoria de Napalpí y del genocidio perpetuo de nuestros pueblos originarios y su cultura deben ser tomados de esta manera. Deben ser interpretados como una evocación a lo que sucedió frente a lo que sigue sucediendo. El Estado argentino tiene la obligación de reconocer en Napalpí un crimen de Estado que clama justicia y que debe reivindicar el derecho de estos pueblos y el de todos sus miembros a una vida digna.

    Calveiro continúa diciendo que “La conexión entre el sentido que el pasado tuvo para sus actores y el que tiene para los desafíos del presente es lo que permite que la memoria sea una memoria fiel.” (México; 2000)

    Es algo realmente llamativo que una fecha como el 19 de julio pase inadvertida en nuestro calendario de acontecimientos históricos.

    Oberti y Pittaluga en ¿Qué memoria para qué políticas? (Bs. As., 2001) sostienen que “toda memoria es una construcción de la memoria: qué se recuerda, qué se olvida y qué sentido se le otorga a los recuerdos no es algo que está implícito en el curso de los acontecimientos, sino que obedece a una selección con implicancias éticas y políticas.” Por lo cual, la memoria, tomada de esta manera, puede ser un arma de doble filo.

    El 19 de julio debe hacernos ruido, debe hacer brotar en nosotros esa imagen del horror que la distancia histórica fue menguando. Todo pueblo, toda persona tiene derecho a la verdad y a la justicia. Los muertos de Napalpí tienen derecho a cerrar sus ojos allí donde nacieron, acunados por el bosque, junto al murmullo del río y al canto de los pájaros, y no en una fosa común, sin que sus asesinos sean mencionados como lo que son: genocidas, y juzgados aunque sea simbólicamente.

    La investigación que se viene realizando en la Unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía Federal de Resistencia, Chaco, sobre la masacre de Napalpí se inició en el año 2014 y busca que los hechos conocidos con ese nombre puedan ser incluidos como Crimen de Lesa Humanidad, se realice un Juicio por la verdad donde se puedan reproducir los testimonios y documentaciones que se lograron en estos 20 años de investigación. También existe una demanda por un resarcimiento civil donde se reclama una reparación económica para los descendientes que tiene su razón de ser en el daño causado a las comunidades y sus generaciones posteriores.

    La memoria es un espacio en disputa. Visibilizar estas causas y a quienes luchan por la memoria, la verdad y la justicia de quienes no tienen voz, nos acerca a constituirnos como una sociedad comprometida con su historia.

    Una sociedad justa es el terreno donde se puede sembrar el perdón, de lo contrario, nos condenamos a patear los trastos bajo la alfombra y a seguir tapando lo que un día, años más, años menos, va a pujar por salir a la luz.

“Todo está clavado en la memoria,

espina de la vida y de la historia…

La memoria pincha hasta sangrar

a los pueblos que la amarran y no la dejan andar

libre como el viento”.

La memoria ~ León Gieco

 

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