viernes, 23 de octubre de 2020

¿Existe una salvación para Argentina?

La realidad del país es incierta, si bien el año 2020 se encargó de que el futuro cercano sea borroso, gran parte de la clase política se tomó el trabajo, casi diariamente, de acentuar y profundizar el difuso horizonte argentino. ¿Existe una salida para el país? ¿O estamos condenados a la decadencia argentina por muchos años más?

Claro, este declive no comenzó con el coronavirus, sino que data de larga trayectoria. La realidad del argentino se ve en jaque: la educación de los futuros adultos de esta sociedad pende de un hilo, el bolsillo de la clase media trabajadora se agujerea cada día más, y los presos salen de sus celdas para que la inseguridad reine las calles: entre marzo y abril, más de 1.100 delincuentes consiguieron su libertad en Argentina, según informó PROCUVIN. La ciudad más grande de la provincia de Santa Fe, Rosario, lleva más de 150 asesinatos a fines de septiembre, ya sea por robos o por ajustes de cuentas. Además, hoy conocemos que el equipo de Axel Kicillof ‘’se olvidó’’ de contar 3.500 muertos por COVID-19 en la provincia de Buenos Aires: esto no es novedad, ya lo hicieron con los índices de la pobreza mediante el INDEC en años anteriores. La falta de memoria nos condena incesantemente.

Así, a nadie le interesa invertir en Argentina, un terreno desolado donde la posibilidad de crecer se ve cada día más difuminada. Un terreno donde el enemigo es quien piensa diferente y no quien limita las libertades de poder viajar, de poder ahorrar, de manifestarte, o de pensar. Un país, donde permitimos que haya desaparecidos y muertos en democracia, donde los políticos son apretadores seriales, donde los diputados de letra chica hacen lo que quieren en las sesiones legislativas, donde los servicios y productos son más baratos que los impuestos, donde la presión de no poder abrir las puertas de un comercio o de una actividad, quiebra los cimientos débiles de una sociedad que apenas puede arrastrarse. Así y todo, tratan de convencerte de que el enemigo es el otro, quien no banca gobiernos populistas: el dedo índice se prende fuego de tanto apuntar. 

Somos una sociedad mansa, una sociedad débil que permite la continua y cesante degradación de sus ciudadanos. Y lo aceptamos a sabiendas de que Argentina podría ser un país modelo, no solo en Latinoamérica, sino en el mundo. Contamos con grandes recursos, grandes mentes, grandes líderes que, en algún momento, han hecho un gran impacto positivo en nuestra tierra. Pero nada de eso se aprovecha, seguimos siendo presos de líderes cada vez más injustos, que avalan un sistema que premia el arte del no pensar, y castiga el esfuerzo. 

Eventualmente mañana cambie, quizás mañana, el panorama sea más claro en el cielo de nuestro país. Lamentablemente, hoy no veo esto posible, aunque tampoco creo las versiones apocalípticas que aseguran que Argentina terminará como otros países que sufren el flagelo de las dictaduras políticas amigas de este gobierno. Tampoco creo en la salvación del escape. Tengo fe en que la sociedad no lo permitirá, tengo la esperanza de que los argentinos y argentinas podamos abrir los ojos y escapar de la presión económica, social e intelectual que ejerce el gobierno. Quizás así crezcamos, quizás así nuestra moneda sea competitiva, quizás así, alguien se fije en Argentina por lo que es, y no por como la destrozan cada día más. 

 

Por Nicolás Menéndez

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