lunes, 19 de octubre de 2020

Loakal del Jaaukanigás

A 19 años de la declaración del humedal Jaaukanigás como Sitio Ramsar y en vísperas del 11 de octubre, donde en Argentina se conmemora el último día de libertad de los pueblos originarios, el pincel plasmó en Puerto Reconquista el alma, sombra, imagen o eco de la Gente del Agua.

Casualidad o causalidad, el pasado sábado 10 de octubre, a las nueve de la mañana, Gisel Rosso, junto a un grupo de artistas locales, daban las primeras pinceladas en la base del puente que une Puerto Reconquista con el Club Caza y Pesca. No se trató de algo planificado. Ni Vicente Cuevas, ni la reconocida muralista,  impulsores ambos de la propuesta, se habían percatado que la fecha elegida al azar era la misma en la que se lo declaraba, en el año 2001, Sitio Ramsar a nuestro humedal. 

La importancia de tal nombramiento, y su inclusión dentro de la Red Sitios Ramsar, se centra en que le da categoría de humedal de importancia internacional en el Marco de la Convención sobre los Humedales (Ramsar, Irán, 1971), que tiene por misión promover “la conservación y el uso racional de los humedales, a través de la acción nacional y mediante la cooperación internacional, a fin de contribuir al logro de un desarrollo sostenible en el mundo”. 

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Y si bien el acento está puesto en su biodiversidad y el sistema hidrológico que  representa, cabe mencionar que la superficie total que lo compone, de norte a sur,  toda la extensión del Departamento General Obligado, desde el río Paraná hasta las rutas Nacional N°11 y Provincial N°1, no se limita solamente a una cuestión ecológica. 

En sus aproximadamente 492.000 hectáreas, el humedal alberga las huellas de un bagaje cultural que se remonta, por lo menos, dos mil años en el tiempo. Bajo la sombra de sus árboles, descansan los huesos de sus primeros pobladores, sus ajuares funerarios, las lomas en las que se asentaron, el barro del que hicieron prodigiosos vasos de cerámica, las puntas de flecha, lanza y arpón con las que cazaron y pescaron su sustento. 

Debajo de esas sombras, el agua mece hoy la canoa de un pescador, da reparo del sol a un rancho isleño, una familia comparte las últimas horas del día entre mates y el vuelo versátil de los carmesí o reaviva el fuego esperando la noche. Todo sobre un terruño que nos precede y donde, generación tras generación van quedando rescoldos sobre el que la memoria se enreda para no perderse con el paso del tiempo. 

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Cuando hablamos de preservar, hablamos de cuidar toda esa diversidad que nos atraviesa y qué mejor fecha para reflexionar al respecto que un 12 de octubre, donde paradójicamente se celebra el día del Respeto a la Diversidad Cultural, en referencia al desembarco de Cristóbal Colón en las isla bautizada San Salvador en 1492, hito histórico cuyo desenlace se tradujo en, quizás, el genocidio más grande en tierra americana y cuyas réplicas llegan hasta nuestros días de las más variadas formas. 

Martín Dobrizhoffer, nos relata en el capítulo XI, tomo dos, de Historia de los Abipones, cómo estaba organizado ese pueblo antes de la llegada de los españoles a nuestra región:

“Todo el pueblo de los abipones está dividido en tres clases: Riika è, que viven a lo largo y ancho en campo abierto; Nakaigetergehè, que aman los escondrijos de las selvas, y por 
último Jaaukanigas. En determinado momento cada una constituyó un pueblo, con su lengua propia. En el siglo pasado fueron oprimidos por las insidias de los españoles y aniquilados en gran matanza. Unos pocos sobrevivieron al desastre, hijos y viudas, se unieron a sus vecinos abipones por aquel motivo (…) desapareciendo por completo la antigua lengua de los Jaaukanigas.” 

Inmediatamente, en las oraciones que siguen, menciona que tras la guerra contra los españoles, se unieron y “en adelante, las tres tribus abiponas tendrían un mismo tipo de vida y de costumbre y la misma lengua”. 

De esa lengua nos llega la palabra Loakal: alma, sombra, eco e imagen. Una palabra que en estos días toma una relevancia particular y a la que el arte de Gisel Rosso resignificó, transformando una pared de hormigón en una ventana al corazón del Jaaukanigás, prueba inequívoca de una memoria latente. 

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Una mujer abipona sostiene entre sus manos el universo simbólico de su gente, rodeada de camalotes y guardas, enmarcada en apéndices que representan la cosmovisión que un pueblo supo plasmar en la cerámica. Una imagen que nos llama, inmediatamente a la reflexión: este paisaje, el que se proyecta ante sus ojos en este momento, nos precede; es nuestro deber cuidarlo. Como es también nuestro deber hacer un uso responsable de sus recursos, de modo tal que garanticemos a las generaciones futuras el derecho a vivir en un ambiente sano y podamos todos disfrutar de su biodiversidad y su herencia cultural, manteniendo viva la memoria de quienes lo habitaron antes que nosotros. 

A 19 años de la declaración del humedal Jaaukanigás como Sitio Ramsar, y en vísperas del 11 de octubre, día en Argentina se conmemora el último día de libertad de los pueblos originarios, el pincel plasmó en Puerto Reconquista el alma, sombra, imagen o eco de la Gente del Agua. Debajo del título los nombres de las personas que participaron y debajo, palabras que cierran el mensaje de la obra en su conjunto: “juntos es mejor”.

 

Por: Pablo Pereyra

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A 19 años de la declaración del humedal Jaaukanigás como Sitio Ramsar y en vísperas del 11 de octubre, donde en Argentina se conmemora el último día de libertad de los pueblos originarios, el pincel plasmó en Puerto Reconquista el alma, sombra, imagen o eco de la Gente del Agua.

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